Sigue haciendo de las suyas el uso indebido de la tecnología. Empiezo por contarles que, el primer día del Carnaval de Barranquilla 2026, fui a “ver” y “mirar” con mi familia, en plan de relax e integración, el desfile de la carrera 44, recorrido que no estuvo en mi agenda carnavalera, por lo menos, en los últimos 15 años.
Confieso que encontré una interesante evolución en especial por la participación de grupos folclóricos nacionales en el desfile, lo que reafirma que somos un país de goce en medio de tantas dificultades.
Sin embargo, no es por dármelas de ‘aguafiestas’, ‘ardío’ o ‘sapo’, el otro panorama observado definitivamente si fue decepcionante, ese de alquilar una silla plástica, en promedio, por 40 mil pesos para seguir ‘idolatrando’ el celular.

De vez en cuando, algunos alzaron la vista y medio observaron a los artistas en escena, mientras que otros gritaron el clásico ¡güepajé! a manera de estímulo, pero sin gracia, antes de volver al ritual. Allí fue poquísimo el espacio para intercambiar comentarios y el vacile que caracterizaba a estos eventos en otros tiempos entre los asistentes.
El fenómeno de la ‘idolatría digital’ es ahora el ‘roba-show’ más que confirmado. Esto tiene múltiples explicaciones y una de ellas, quizás la más reciente, la expuso en su mensaje de agradecimiento el reconocido periodista Daniel Coronell, luego de haber exaltado por el Circulo de Periodistas de Bogotá, CPB, en su reciente entrega de premios de periodismo.
“Ahora la experiencia de informarse es individual, sin horario y multipantalla. Individual porque rara vez se presenta lo que los expertos llaman “coviewing”. Hay más pantallas que personas y casi nunca los miembros de una familia están mirando lo mismo. Cada cual metido en su propio interés y en su propio afán”, sostiene.
Y afirma que “la experiencia de la conexión permanente con el mundo nos ha acercado a los que tenemos lejos, pero tristemente nos ha alejado de los que tenemos cerca”.
Averigüé lo relacionado con el término y hay cosas soportadas en investigaciones que ojalá sirvan de algo y nos pongan a reflexionar hacia dónde apuntamos el futuro de las interrelaciones entre humanos.
Expertos reafirman que, en la era digital, los hábitos de consumo audiovisual han cambiado radicalmente. El coviewing, el término que literalmente significa “ver juntos”, introducido en la década de los años 90 del siglo pasado dentro de las estrategias de consumo de material digital, describe la práctica de compartir contenidos audiovisuales, series, películas, videos en plataformas digitales, en compañía de otros, ya sea físicamente o a través de la virtualidad.
En principio se trataba de una actividad social; no obstante, el impacto detectado es todo lo contrario en las relaciones interpersonales y ahora es más complejo de lo que parece, porque está derivando en una forma de aislamiento compartido.
“En lugar de fomentar el diálogo, muchas veces se limita a la experiencia pasiva de mirar una pantalla, reduciendo la interacción genuina”, aseguran expertos.
Un estudio de la Universidad Cooperativa de Colombia confirma lo anterior advirtiendo sobre la dependencia a redes sociales y su efecto en las relaciones presenciales ante el uso excesivo de tecnologías, porque es evidente que puede “desplazar la comunicación cara a cara, debilitando la calidad de los vínculos afectivos”.
En este sentido, el coviewing, prácticamente, se ha venido convirtiendo en un sustituto de la conversación, más que en un catalizador de ella.
Los investigadores han identificado varios signos de que el coviewing está afectando negativamente las relaciones interpersonales:
Reducción del tiempo de diálogo: las familias reportan menos conversaciones durante las comidas o encuentros, reemplazadas por sesiones de consumo audiovisual.
Dependencia tecnológica: jóvenes que solo se sienten acompañados si hay una pantalla de por medio, mostrando ansiedad cuando no pueden compartir contenidos digitales.
Superficialidad en los vínculos: amistades que se sostienen únicamente en comentar series o videos, sin profundizar en aspectos emocionales o personales.
Desplazamiento de actividades tradicionales: juegos, lecturas o paseos familiares son relegados por la práctica de “ver juntos” contenidos digitales.
Estos indicadores reflejan una paradoja: lo que nació como una práctica de unión puede terminar erosionando la calidad de la convivencia.
La psicóloga colombiana Magaly Calderón Uribe, quien ha investigado la relación entre redes sociales y vínculos presenciales, afirma que “el consumo compartido de contenidos puede ser un espacio de encuentro, pero si se convierte en el único modo de interacción, empobrece la comunicación emocional”.
En el ámbito internacional, la investigadora española Sara Betoret Güiza, de la Universitat Jaume I de Castellón, España, advierte que la tecnología debe ser entendida como un medio y no como un fin.
“El reto está en movilizar el conocimiento y la responsabilidad social universitaria para que las prácticas digitales no sustituyan la riqueza del encuentro humano”, manifiesta.
Cómo afrontarlo y superarlo
Los expertos coinciden en que el coviewing no es en sí mismo negativo, siempre que se gestione de manera consciente. Algunas estrategias para afrontarlo incluyen:
Establecer límites de tiempo: definir horarios para el consumo audiovisual compartido y reservar espacios libres de pantallas para la conversación.
Convertirlo en un punto de partida: usar el contenido visto como detonante de diálogo, reflexionando sobre los temas que plantea y conectándolos con la vida cotidiana.

Diversificar las actividades compartidas: equilibrar el coviewing con juegos, deportes, caminatas o proyectos familiares que fortalezcan la interacción cara a cara.
Educar en el uso crítico de la tecnología: promover en jóvenes y adultos la conciencia de que la pantalla no sustituye la presencia ni la escucha activa.
Entre las conclusiones se establece que el coviewing es un espejo de nuestra época, es una práctica que refleja tanto la necesidad de conexión como el riesgo de desconexión emocional. En sociedades cada vez más mediadas por la tecnología, el desafío está en recuperar la centralidad de la palabra, la mirada y el gesto humano.
La pregunta que queda abierta es si estamos dispuestos a transformar el acto de “ver juntos” en una verdadera oportunidad de encuentro, o si seguiremos aceptando que la pantalla se convierta en el único mediador de nuestras relaciones.
La respuesta, como señalan los investigadores, depende de la capacidad de cada familia, pareja o grupo de amigos para equilibrar la tecnología con la riqueza insustituible del contacto humano.
