¿Democracia y libre pensamiento, sin brújula?

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Los colombianos asistimos ayer domingo, 8 de marzo, a un ejercicio “supuestamente” democrático para elegir a los 295 congresistas del próximo cuatrienio -108 senadores y 187 representantes a la Cámara-, en medio de expectativas.

En el proceso también se incluyeron tres consultas populares para escoger igual número de candidatos a la presidencia del país, elección prevista para el último domingo de mayo próximo.

Expreso lo de “supuestamente” democrático porque se ha vuelto costumbre que un altísimo porcentaje acude a las urnas de manera obligada por sus jefes laborales; muchos luego de vender el voto a sinvergüenzas que acuden a esa ilegal práctica para hacerse elegir; y otros bajo el argumento de hacerles ‘favores’ a amigos que se los solicitan pese a no creer en las ideas del postulado.

En resumen, es bajísimo el porcentaje de los votantes que asisten a las urnas de manera consciente tal como lo contempla la democracia y la libertad de pensamiento, conquistas históricas que han permitido a la humanidad avanzar hacia sociedades más abiertas y participativas; sin embargo, hoy ambos enfrentan un desafío que amenaza su vigencia, producto de la intolerancia hacia quienes piensan distinto.

Este fenómeno, alimentado por dinámicas sociales, psicológicas y tecnológicas, erosiona los cimientos de la convivencia democrática. De allí que analizar sus orígenes, indicadores de calidad y las razones detrás de la tendencia a etiquetar y excluir al otro resulta indispensable para comprender el presente y proyectar un futuro más plural.

Pero antes de seguir les comparto datos de las raíces históricas de las dos conquistas. La democracia, cuyo término proviene del griego ‘demos’ -pueblo- y ‘kratos’ -poder-, tuvo su primera manifestación en la Atenas del siglo V antes de Cristo, cuando los ciudadanos participaban directamente en las decisiones políticas.

La democracia moderna se consolidó en Europa y América del Norte entre los siglos XVII y XVIII, con la expansión de los derechos civiles y políticos, y solo en el siglo XX incluyó plenamente a mujeres y minorías.

El libre pensamiento, por su parte, emergió en la Ilustración del siglo XVIII como corriente filosófica que defendía la autonomía de la razón frente a dogmas religiosos o políticos. Los filósofos franceses François-Marie Arouet Voltaire y Denis Diderot lo vincularon a la libertad de conciencia, sentando las bases de los derechos humanos modernos. Ambos conceptos, aunque distintos, se entrelazan y concluyen en que, sin libre pensamiento, la democracia carece de sustancia; y sin democracia, el libre pensamiento se asfixia.

Organismos han tratado de medir la calidad democrática como Freedom House, de Estados Unidos, y el Instituto Internacional para la Democracia y la Asistencia Electoral (IDEA), de Suecia, han desarrollado indicadores para evaluar la salud de las democracias. Entre ellos destacan:

  • La participación electoral y el pluralismo político.
  • La libertad de expresión y de prensa.
  • La independencia judicial y el respeto a los derechos humanos.
  • El índice de percepción de corrupción, elaborado por Transparency International.

En su informe de 2025, Freedom House advirtió que solo el 20% de la población mundial vive en democracias plenas, mientras que el retroceso democrático se ha acentuado en países con polarización extrema. Estos datos reflejan que la democracia no puede darse por sentada, sino que urge de vigilancia constante y compromiso ciudadano.

Mientras tanto, el libre pensamiento enfrenta hoy un dilema complejo. Las redes sociales han ampliado el acceso a la información, pero también han multiplicado la desinformación y los discursos de odio.

El investigador estadounidense Cass Sunstein advierte que los algoritmos tienden a reforzar las denominadas “cámaras de eco” en el mundo de la tecnología que radicalizan posturas y reducen la tolerancia hacia la diferencia.

A su turno, el Instituto de Estudios de la Democracia de la Universidad de Georgetown señala que esta dinámica erosiona la deliberación pública, núcleo de la democracia. En lugar de fomentar el debate plural, las plataformas digitales privilegian la confrontación, convirtiendo la discrepancia en enemistad.

La psicología social ofrece claves para entender las tendencias descritas por los investigadores:

Sesgo de confirmación: se refiere a la búsqueda de información que reafirme nuestras creencias, ignorando lo que las contradice.

Identidad grupal: de acuerdo con el psicólogo social Henri Tajfel, apuntamos a dividir el mundo en “nosotros” y “ellos”, generando prejuicios.

Miedo a la incertidumbre: según la filósofa estadounidense Martha Nussbaum, la intolerancia surge cuando la diferencia amenaza nuestra seguridad emocional.

Economía de la atención: los medios y plataformas digitales privilegian contenidos polarizantes porque generan más interacción.

En sociedades marcadas por la desigualdad y la crisis de confianza institucional, estas dinámicas se intensifican. La discrepancia deja de ser un ejercicio democrático y se convierte en motivo de odio, revelan los investigadores.

La democracia no es solo un sistema de gobierno, sino una cultura que exige respeto al libre pensamiento, como lo planteó el filósofo austro-británico Karl Popper cuando advirtió que “la tolerancia ilimitada conduce a la desaparición de la tolerancia”.

Lo anterior implica que defender la democracia requiere límites claros contra discursos que promuevan odio o violencia, sin restringir la diversidad de ideas. Para preservar la libertad de pensamiento, debemos protegerla de quienes buscan destruirla, pero ello exige instituciones sólidas, educación en pensamiento crítico y una ciudadanía consciente de que la pluralidad es riqueza, no amenaza.

La historia ha demostrado que democracia y libre pensamiento son conquistas frágiles, siempre expuestas a retrocesos. Los indicadores actuales revelan que la intolerancia y la polarización amenazan su vigencia. La tendencia a etiquetar y odiar al diferente responde a sesgos psicológicos y dinámicas sociales que debemos reconocer para superarlas.

La conclusión concreta es que fortalecer la democracia exige educar en pensamiento crítico, garantizar instituciones sólidas y promover una cultura de respeto hacia la diferencia. El desafío es enorme, pero la lección histórica es clara cuando ratifica que solo sociedades que valoran la diversidad pueden sostener libertad y justicia entre sus conciudadanos.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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