En los actuales tiempos de sobreinformación, quizás, producto del impacto brutal del mundo digital, pocas dinámicas resultan tan inquietantes como el efecto de la ‘verdad ilusoria’, un fenómeno que nos tiene contra las cuerdas desde distintos ángulos.
Pese a haber sido documentado por psicólogos desde la década de 1970 quienes, después de estudios, confirmaron que una afirmación falsa, al ser repetida una y otra vez, termina siendo aceptada como verdadera, porque se acoge más la familiaridad como criterio de validación que la evidencia en sí que debe ser lo correcto.

Veamos un poco de historia. El concepto fue estudiado, inicialmente, por los psicólogos estadounidenses Lynn Hasher, David Goldstein y Thomas Toppino en 1977, demostrando que la repetición de frases falsas aumentaba la percepción de veracidad, incluso cuando los participantes sabían que eran incorrectas.
Décadas después, investigaciones de instituciones reconocidas, como la Universidad de Villanova y la Universidad de Temple, ambas ubicadas en Pensilvania, Estado Unidos, confirmaron que el efecto opera de manera inconsciente, erosionando la capacidad crítica del individuo.
La historia política ofrece ejemplos singulares. Uno en especial es el del ministro de propaganda nazi, el alemán Joseph Goebbels, que hizo popular la expresión “Una mentira repetida mil veces se convierte en verdad”.
En estos tiempos, esa manifestación de Goebbels se ha hecho tan evidente que se ha convertido hasta en política de muchos medios de comunicación, sobre todo de prestigio, que la aplican sin contemplaciones. Aunque la frase se ha convertido en cliché, resume la lógica de la propaganda totalitaria y es saturar el espacio público con mensajes uniformes hasta que la duda se disuelva.
En América Latina, según las investigaciones de analistas, regímenes autoritarios han recurrido a esta estrategia, repitiendo narrativas sobre enemigos internos o supuestos logros económicos para consolidar legitimidad.
Las investigaciones del tema aseguran que el efecto de verdad ilusoria se explica por la “heurística de fluidez cognitiva”, que se presenta cuando cerebro tiende a considerar más creíble aquello que resulta fácil de procesar. La repetición reduce el esfuerzo mental, generando una sensación de familiaridad que se confunde con veracidad.
Según estudios de la Universidad de La Laguna, estamento académico en Tenerife, España, este sesgo o atajo mental opera incluso cuando la información contradice conocimientos previos, lo que demuestra su poder de penetración.
Analistas como el psicólogo israelí-estadounidense Daniel Kahneman, premio Nobel de Economía 2002, han advertido que la mente humana privilegia la rapidez sobre la precisión.
En su obra ‘Thinking, Fast and Slow’ (en español ‘Pensar rápido, pensar despacio’), Kahneman explica que el “Sistema 1”, rápido, intuitivo, domina nuestras decisiones cotidianas; mientras que el “Sistema 2”, lento, analítico, rara vez se activa. En conclusión, l repetición explota esa vulnerabilidad, que lo que se oye con frecuencia se acepta sin mayor escrutinio.
Diversos estudios han intentado cuantificar el impacto del fenómeno. Investigaciones publicadas en la revista científica internacional, Psychological Science, muestran que la probabilidad de aceptar una afirmación como verdadera aumenta hasta en un 30% tras tres exposiciones repetidas. En contextos de redes sociales, donde un mismo mensaje puede replicarse miles de veces en cuestión de horas, el efecto se amplifica exponencialmente.
Un informe del MIT Media Lab, un laboratorio de investigación interdisciplinario perteneciente al Instituto de Tecnología de Massachusetts, MIT, en Cambridge, Estados Unidos, reveló que las noticias falsas en X (antes Twitter) se difunden seis veces más rápido que las verdaderas.
La repetición, acompañada de la velocidad y el alcance digital, convierte la ilusión en un arma de desinformación masiva, aseguran los investigadores del MIT.
Por su parte, el Instituto Reuters, que forma parte de la Universidad de Oxford, en Oxford, Inglaterra, Reino Unido, ha documentado que más del 40% de los usuarios en países latinoamericanos reconoce haber compartido información sin verificar, lo que alimenta el ciclo de la ilusión.
Para entender más claro el tema les comparto ejemplos ilustrativos. El mito de que la vitamina C previene resfriados es un caso clásico, y pese a la falta de evidencia científica concluyente, la repetición en medios, conversaciones familiares y publicidad ha consolidado la creencia.
Otro ejemplo es la idea de que los humanos solo usamos el 10% del cerebro. Los investigadores manifiestan que es una afirmación falsa, pero tan repetida que aún aparece en películas y discursos motivacionales.
En el terreno político, que en Colombia por estos días hierve a millón, se observan campañas electorales donde frases simples como “orden y progreso”, “primero la gente”, “tiempos de cambio”, “hijo del pueblo”, “compromiso de servicio social”, “seguridad y desarrollo y progreso”, etc., se repiten hasta convertirse en verdades emocionales, aunque carezcan de sustento programático.
La repetición no busca convencer con argumentos, sino instalar un reflejo automático aprovechando la ignorancia de buena parte el electorado que se traga la carnada con anzuelo y todo.
Erosión social
El filósofo español José Antonio Marina sostiene que la mentira repetida erosiona la democracia porque sustituye el debate racional por la manipulación emocional.
Para Marina, el reto contemporáneo es construir “ecosistemas de verdad” que contrarresten la saturación de falsedades.
En la misma línea, la psicóloga estadounidense Elizabeth Loftus, experta en memoria, advierte que la repetición puede incluso alterar recuerdos, generando “falsas memorias” que se sienten tan reales como las auténticas.
La Organización Mundial de la Salud, OMS, ha alertado sobre la “infodemia” durante la pandemia de Covid-19, que es un exceso de información, mucha de ella falsa, que dificultó la respuesta sanitaria. La repetición de mitos sobre supuestos remedios caseros o teorías conspirativas debilitó la confianza en las instituciones y complicó la vacunación.
El efecto de verdad ilusoria plantea un dilema central y es ¿cómo proteger la sociedad de la mentira repetida?
Los analistas coinciden en que la educación crítica es la primera línea de defensa. Programas de alfabetización mediática, como los impulsados por la UNESCO, buscan enseñar a los ciudadanos a identificar fuentes confiables y cuestionar la familiaridad como criterio de verdad.

Las plataformas digitales también enfrentan presión para frenar la propagación de desinformación. Facebook, X y TikTok han implementado sistemas de verificación y etiquetas de advertencia, aunque los resultados son limitados. La repetición sigue encontrando caminos para instalarse en la mente colectiva.
En conclusión, el efecto de ‘verdad ilusoria’ es un recordatorio incómodo. La verdad no siempre triunfa por sí sola. La mentira, cuando se repite, puede adquirir la fuerza de lo evidente. La historia lo demuestra, la ciencia lo explica y la actualidad lo confirma.
En un mundo saturado de mensajes, la tarea es doble y por ello el desafío es fortalecer la capacidad crítica individual y construir instituciones que protejan la verdad como bien público.
El historiador estadounidense Timothy Snyder advierte que “la posverdad es prefascismo”. En otras palabras, cuando la mentira repetida se normaliza, la democracia se debilita.
Reconocer el efecto de verdad ilusoria no es un ejercicio académico, sino una urgencia cívica, porque en la batalla, entre la repetición y la razón, lo que está en juego no es solo la percepción, sino la libertad misma, destaca Snyder.
