La lujuria, ese viejo pecado capital que la Iglesia Medieval Católica ubicó en el primer lugar de la lista, luego de la gula, la avaricia, la pereza, la ira, la envidia y la soberbia, sigue viva y coleando en nuestros tiempos contemporáneos.
San Gregorio Magno y Tomás de Aquino la definieron como el deseo desordenado de placer sexual, y la pintaron con fuego, cadenas y cuerpos desnudos. Hoy, más que cadenas, lo que tenemos son pantallas, algoritmos y filtros de las redes sociales.

El escenario cambió, pero el deseo sigue ahí, inquieto, travieso, y siempre dispuesto a poner en aprietos a moralistas y conservadores.
La Organización Mundial de la Salud, OMS, nos recuerda que el 38% de los adolescentes latinoamericanos inicia su vida sexual antes de los 16 años. La UNESCO, por su parte, advierte que más del 60% de los países de la región carece de programas integrales de educación sexual. Y en Colombia, el Ministerio de Salud reporta que el 17% de los nacimientos corresponde a madres menores de 18 años.
Son cifras frías, duras, pero detrás de ellas hay historias de deseo, curiosidad y, claro, de falta de educación crítica, porque la lujuria no se combate con sermones, sino con conocimiento.
¿De verdad alguien cree, en estos tiempos en los que miembros de la Iglesia Católica han estado envueltos en líos de faldas y otros acosos, que se puede apagar el fuego del deseo con un ‘Padre Nuestro’ y un ‘Ave María’? La historia demuestra que mientras más se prohíbe, más se busca. La represión solo ha servido para alimentar la clandestinidad y la culpa, nunca para educar.
El filósofo, historiador y sociólogo francés, Michel Foucault, consignó en una de sus obras, ‘Historia de la sexualidad, que el poder no solo prohíbe, también produce discursos que moldean el deseo.
Mientras que el sociólogo inglés, Anthony Giddens, en ‘La transformación de la intimidad’, recuerda que la modernidad convirtió la sexualidad en un espacio de negociación; y la filósofa estadounidense, Judith Butler, asegura que la lujuria no es pecado, sino construcción política.
Entidades como la Pontificia Universidad Javeriana, en Colombia, en estudios recientes, advierten que la falta de educación crítica deja a los jóvenes vulnerables frente a explotación y violencia.
En otras palabras, la lujuria no es un demonio que se esconde bajo las sábanas, es un fenómeno social que exige reflexión seria, e igualmente exige un poco de picardía para reconocer que el deseo es parte de la condición humana.
Hoy, la lujuria no se esconde en burdeles medievales ni en confesiones secretas, está en Instagram, Facebook, TikTok, en OnlyFans, en los chats de medianoche, en los emojis que sustituyen palabras y en un extenso etcétera digital.
Según los investigadores, la hipersexualización mediática convierte el cuerpo en mercancía, mientras la tecnología abre puertas a encuentros fugaces y riesgos de explotación.
Por ello el debate moral sigue vivo. Mientras unos la condenan como pecado, otros la celebran como libertad; pero lo cierto es que la lujuria ya no se puede encerrar en un catecismo, es un fenómeno que atraviesa salud pública, educación y cultura digital; además, de la cama, el sofá y hasta la oficina.

La lujuria, más que pecado, es espejo. Nos muestra nuestras tensiones entre libertad y control, entre deseo y responsabilidad. La Iglesia Católica en sus inicios la condenó por su potencial desorden, pero hoy el verdadero problema no es el deseo en sí, sino la falta de educación crítica para gestionarlo.
Pese al correr del tiempo los comentarios y las dudas aún persisten. ¿No será que la lujuria es el pecado más honesto de todos? Porque mientras la soberbia se disfraza de liderazgo y la avaricia de emprendimiento, la lujuria no finge. Es deseo puro, sin maquillaje, y el reto está en aprender a vivirlo con responsabilidad, no en esconderlo bajo la alfombra de la moral.
Concluyendo, desde mi punto de vista, la lujuria nunca ha pasado de moda. Lo que en la Edad Media se veía como desorden espiritual, hoy se traduce en desafíos de salud pública, educación y ética.
De allí que los invite a dejar de condenar el deseo como pecado y lo empecemos a ver como parte de nuestra humanidad, con conocimiento, con responsabilidad, y hasta con un poco de picardía. Si le metemos conciencia podemos transformar la lujuria en un terreno de libertad y no de culpa.
