Otra crisis, baja la lectura y su calidad

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La reciente Feria Internacional del Libro de Bogotá, FILBo, puso sobre la mesa la crisis existente en los niveles de lecturabilidad y comprensión por la que atraviesa la cultura pero que, de alguna manera, impacta en la economía y el desarrollo social de nuestro territorio.

Lo que antes parecía una percepción aislada hoy se confirma con cifras evidentes y estudios de entidades académicas, gremiales y editoriales. El panorama revela que Colombia enfrenta un rezago estructural en hábitos de lectura, con consecuencias directas en la formación ciudadana, la sostenibilidad de la industria editorial y la capacidad crítica de las nuevas generaciones.

Un estudio de la Universidad Javeriana revela que el 73% de los niños y adolescentes, entre 5 y 17 años, no realizan ninguna actividad de lectura voluntaria fuera del colegio. Apenas un 27% lo hace por iniciativa propia o por placer, y la diferencia entre colegios privados y públicos es mínima, solo el 15% de los estudiantes de instituciones privadas y el 14% de los públicos dedican más de una hora diaria a leer.

La Fundación Empresarios por la Educación confirmó que los resultados en comprensión lectora de las pruebas Saber 11 se han mantenido congelados entre 52 y 54 puntos sobre 100 durante los últimos siete años, un estancamiento que refleja la ineficacia de las metodologías actuales.

A nivel regional, las brechas son abismales, de acuerdo con las evaluaciones porque mientras Bogotá y Cundinamarca lideran, departamentos como Chocó y Vaupés registran diferencias de más de 100 puntos.

La Organización de Estados Iberoamericanos, OEI, advierte que la lectura no es que haya desaparecido, sino que se ha desplazado hacia pantallas de teléfonos y tabletas, privilegiando formatos breves y fragmentados. Los principales obstáculos son la falta de tiempo, el cansancio y la dificultad de concentración en entornos saturados de notificaciones y videos.

Las redes sociales y plataformas de streaming compiten directamente por la atención de los menores, imponiendo un consumo rápido y audiovisual que desplaza la reflexión profunda que requiere un texto extenso.

En muchos hogares, además, la lectura se asocia exclusivamente con tareas escolares, perdiendo su valor como fuente de disfrute personal por la ausencia de mediación familiar.

La Cámara Colombiana del Libro coincide en que el problema no es la falta de oferta, sino la falta de demanda sostenida. Aunque se publican miles de títulos cada año y ferias como la FILBo atraen a cientos de miles de visitantes, la compra y lectura efectiva de libros no crece al mismo ritmo.

Las estadísticas analizadas entre en 2024 y el 2025 muestran un estancamiento en la asignación del International Standard Book Number (Número Internacional Normalizado del Libro), ISBN, y en la circulación de libros, con un crecimiento mínimo en títulos editados y ventas.

Editoriales independientes señalan que la crisis afecta especialmente a los autores emergentes, cuya visibilidad depende de ferias y festivales, pero no se traduce en hábitos permanentes de lectura.

Grandes grupos como Planeta y Penguin Random House advierten que la industria debe adaptarse a nuevas narrativas y formatos híbridos, pero sin perder el foco en la calidad literaria.

El contexto internacional confirma que se trata de una tendencia global. La Federación Internacional de Editores, IPA, ha señalado que la caída en lectura es un fenómeno extendido, con descensos en ventas de libros impresos en mercados tradicionales como Europa y Norteamérica.

El crecimiento de audiolibros y e-books compensa parcialmente la caída, pero no logra revertir la disminución en lectura prolongada. La consecuencia es doble, teniendo en cuenta que por un lado, menos lectores implican menos ventas, lo que afecta librerías, editoriales y autores; y por otro, la falta de lectura profundiza desigualdades educativas y limita la formación ciudadana.

Las causas son múltiples y convergentes, sostienen los analistas. El ecosistema digital saturado de estímulos desplaza la atención hacia consumos rápidos y audiovisuales.

En resumen, la falta de acompañamiento en el hogar impide que la lectura se convierta en hábito cultural; las desigualdades socioeconómicas limitan el acceso democrático a la cultura escrita, especialmente en comunidades rurales; y las metodologías escolares, centradas en la obligatoriedad y no en el disfrute, refuerzan la percepción de que leer es una tarea punitiva más que un acto de libertad.

Teniendo en cuenta lo anterior, las consecuencias son profundas, según las investigaciones, porque el estancamiento en comprensión lectora compromete el rendimiento académico y las competencias críticas del país; la industria editorial enfrenta riesgos de sostenibilidad económica, con menos ventas y mayor vulnerabilidad para autores emergentes.

Así mismo, la brecha cultural se amplía, afectando la equidad y la formación de ciudadanos críticos y creativos; y la pérdida de hábitos de lectura amenaza la capacidad de reflexión y análisis en una sociedad cada vez más expuesta a la inmediatez digital.

Frente a este escenario, las recomendaciones de expertos y gremios apuntan a una transformación radical. Es indispensable que el Gobierno Nacional fortalezca iniciativas públicas como el Plan Nacional de Lectura ‘Leer es mi cuento’, que promueve bibliotecas públicas, mediadores comunitarios y descentralización del acceso en comunidades rurales. Lo propio deben hacer en su territorios gobernaciones y municipios.

En el aula, se requieren innovaciones pedagógicas audaces y se sugiere el uso de cómics; la realidad aumentada; las estrategias de gamificación que es un método pedagógico que aplica dinámicas y mecánicas propias de los juegos como asignar puntos, niveles, retos, recompensas, insignias; promover clubes de lectura virtuales y dramatizaciones teatrales que devuelvan dinamismo a las historias.

Las orientaciones escolares deben migrar hacia tertulias literarias abiertas, programas de alfabetización digital crítica y el empoderamiento de los docentes como mediadores apasionados de la lectura, recomiendan los analistas.

El gremio editorial propone, además, incentivar la compra de libros con políticas de precios accesibles y reducción de impuestos, innovar en formatos como literatura juvenil, audiolibros y experiencias multimodales, y aliarse con escuelas y familias para que la lectura deje de ser solo una obligación académica y se convierta en hábito cultural.

El desafío no radica en forzar a los jóvenes a leer bajo esquemas punitivos y obligantes, sino en entender que la palabra escrita compite hoy en un entorno digital voraz y desigual. Se requiere construir puentes atractivos, modernos y equitativos que devuelvan el libro a las manos de los ciudadanos del mañana.

La lectura debe ser vista como un acto de libertad, disfrute y construcción de ciudadanía, no como una obligación escolar. La urgencia está en diseñar estrategias que reconozcan la diversidad de los jóvenes y sus entornos, que integren la tecnología sin renunciar a la profundidad de la palabra escrita y que conviertan la lectura en un hábito cotidiano y placentero.

Leer es un derecho cultural y una herramienta de equidad, y sin lectores no hay industria editorial sostenible ni ciudadanía crítica capaz de enfrentar los retos del siglo XXI, concluyeron los expertos invitados por la FILBo.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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