¿Pobreza económica en los altos estratos?

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Me llamó la atención una reciente información de la Alcaldía de Bogotá que anuncia asistencia a personas que viven en “pobreza oculta” en barrios de estratos altos. Siendo atrevido en el pensamiento y aplicando filosofía popular, afirmaría que se trata de personas que, económicamente, están ‘llevadas’ y viven de las apariencias.

Al averiguar esa denominación, seguramente acuñada por economistas y sociólogos descrestadores, resulta que también pueden llamarse “pobreza vergonzante”, “pobreza invisible” o “pobreza reciente”, pero para no caer en estigmatizaciones —entiéndase tono de burla o perrateo— es mejor decir “empobrecimiento de clase”, “familias vergonzantes”, “pobreza silenciosa” o la cereza del pastel en materia de definiciones: “vulnerabilidad económica no captada por las estadísticas” … ¿cómo les parece?

Siendo concreto, de acuerdo con expertos, se trata de familias cuyas cabezas madrugan, trabajan, pagan el colegio de los hijos y mantienen la fachada intacta. Viven en barrios de estratos ‘cachetosos’, visten con decoro y no despiertan sospechas; sin embargo, en la cocina recortan la comida, en la agenda aplazan la cita médica y en la billetera hacen malabares con las deudas para llegar a fin de mes.

En síntesis, son conglomerados que no figuran como pobres en ninguna estadística ni caben en los listados de subsidios. El drama ocurre de puertas para adentro.

Según el DANE, en 2025 el 28 % de los colombianos vivía en pobreza monetaria, frente al 31,8 % de 2024; es decir, unos 14,4 millones de personas, 1,8 millones menos en un año. La pobreza extrema bajó de 11,7 % a 9,6 % y la multidimensional, de 11,5 % a 9,9 %.

Esos indicadores se consideran avances innegables. No obstante, una parte del empobrecimiento escapa a estas mediciones y el problema es de método, porque no se detienen a evaluar las fuentes de los ingresos; por ejemplo, si provienen de un empleo informal, si el hogar carece de pensión o de afiliación a salud, si la vivienda es deficiente o si alguien de la casa lleva meses sin trabajo.

“Son familias que parecen estables hasta que un golpe —una hospitalización, un despido, un arriendo que sube— las desploma”, sostienen analistas.

Aunque el fenómeno no es nuevo, sí tardó en ser considerado con seriedad. En 2004, la administración del entonces alcalde de Bogotá, Luis Eduardo Garzón, abrió comedores comunitarios en Teusaquillo, una localidad de sectores medios de la ciudad, y quedó claro que el hambre también tocaba puertas inesperadas. En 2008, la Alcaldía Local publicó ‘Pobreza oculta en estratos 3 y 4, una nueva realidad en Bogotá’, que estimó en unas 20.000 las personas de clase media que allí vivían en condiciones de pobreza.

Después, la Secretaría de Hacienda Distrital identificó cerca de 40.000 hogares de ‘pobreza reciente’, es decir, familias que tuvieron ingresos medios y los perdieron, concentradas en Engativá, Kennedy, Rafael Uribe Uribe, Puente Aranda, Barrios Unidos, Usaquén y Fontibón.

Hoy se reconoce que el fenómeno se repite en todo el país, sobre todo entre familias de estratos 3, 4 y 5 que acuden a servicios sociales para cubrir necesidades básicas como alimentarse.

La Universidad EAFIT, con sede principal en Medellín, le dedicó en 2025 una investigación sobre sus determinantes; la Universidad Militar Nueva Granada la estudió en Tunja; y la Javeriana de Cali cuenta con herramientas para medir las condiciones de la clase media. Los resultados de las investigaciones indican que la evidencia crece, aunque sigue siendo menor que la producida sobre otras formas de pobreza.

Consideraciones de analistas

El economista Jorge Iván González sostiene que la pobreza no puede evaluarse solo por el dinero, sino también por la percepción de bienestar y la vulnerabilidad social. “Hay colombianos que, sin figurar en las cifras, sienten que se vuelven más pobres”, subraya.

Luis Jorge Garay, economista e investigador social, advierte que la desigualdad y la volatilidad de los ingresos mantienen a amplios sectores en riesgo permanente de empobrecerse. “La superación de la pobreza y la desigualdad constituye un proceso de carácter estructural”, manifiesta.

Un hogar puede conservar la casa, el estatus y ciertos activos mientras enfrenta limitaciones invisibles para las políticas públicas. El sociólogo Gustavo Octavio García Rodríguez llama “fragilidad social” a esa situación. “Son familias de apariencia convencional que cargan endeudamiento, trabajo precarizado e inseguridad económica”, destaca.

A propósito, el cuadro de la pobreza a nivel nacional —ojo, no la oculta, sino la visible— muestra que en 2025 Chocó tuvo la mayor pobreza monetaria, con 65,3 %, seguido de La Guajira, con 60,2 %, mientras que Cundinamarca y Caldas registraron las menores, con 15,1 % y 17,5 %. En centros poblados y zonas rurales, la pobreza multidimensional llegó a 22,4 %, frente a 6,3 % en las cabeceras.

Ante esas brechas, hablar de pobreza oculta no puede desviar la atención de la pobreza estructural y extrema. Pero en Bogotá, Medellín, Cali, Barranquilla o Bucaramanga, el fenómeno se esconde en hogares que reducen el consumo, posponen la salud, se endeudan y pierden acceso a vivienda y educación sin que nadie lo registre.

El resultado es que familias endeudadas, informales, con altos gastos médicos o recién desempleadas quedan fuera de subsidios, programas alimentarios, planes de vivienda o formación laboral.

Por eso, el desafío no se agota en contar mejor. Colombia necesita complementar las mediciones de pobreza con indicadores de vulnerabilidad que tengan en cuenta factores como ahorros, endeudamiento, informalidad, acceso a salud, seguridad alimentaria, tenencia de vivienda y protección pensional.

El analista González recuerda que “la mejor lucha contra la pobreza es la mayor producción, la generación de empleo y el aumento de la capacidad de compra”.

En conclusión, la pobreza oculta, más que una carencia absoluta, revela la distancia entre las apariencias de bienestar y las verdaderas condiciones de vida. Mientras esa distancia no se mida, tampoco se podrá cerrar la brecha.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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