¿Buena fe, por dónde andas?

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En el mundo gallístico, la sola palabra entre apostadores fue tan sagrada que hizo carrera más allá de sus fronteras. “Palabra de gallero” se oía decir al final de un pacto acordado sin necesidad de acudir a testigos, a notarios, jueces, magistrados, incluso a un apretón de manos, en fin, a todo aquello que sonara a garantía para el cumplimiento.

Con el correr de los años esa ‘palabra de gallero’ se perdió, o ya no tiene el peso de antes, sino miren las peleas en las galleras, incluyendo muertos, en las que el más vivo -generalmente, el apostador perdedor- desconoce olímpicamente el pacto previo a punta de bravuconadas.

Yo relaciono lo de los galleros con el principio de la buena fe, y por ello pregunto ¿por dónde andas?

Investigadores revelan que la expresión “buena fe” tiene raíces profundas en la tradición jurídica y filosófica. Desde el Derecho Romano, donde se hablaba de la fides bona, término del latín, como principio rector de los contratos y las relaciones sociales, entendida como confianza mutua, sinceridad en los actos y respeto por la palabra dada.

En términos simples, es la expectativa de que el otro actuará con rectitud. Sin embargo, en el presente, este principio parece erosionado, desplazado por la sospecha y la desconfianza generalizada.

El investigador español Manuel Atienza Rodríguez, catedrático de Filosofía del Derecho en la Universidad de Alicante, sostiene que “la buena fe es el cemento invisible de la convivencia; cuando se quiebra, lo que se derrumba no es solo la confianza interpersonal, sino la legitimidad de las instituciones”.

La reflexión de Atienza abre la puerta a un análisis sobre por qué hoy la buena fe está en crisis y qué caminos podrían permitir su recuperación.

Para no dar más vueltas, veamos cinco razones atribuidas a la pérdida de la buena fe en estos tiempos modernos:

La corrupción institucional. Los escándalos de corrupción en gobiernos y empresas han debilitado la confianza ciudadana. Según un informe del Transparencia Internacional, del 2024, más del 60% de los latinoamericanos considera que sus instituciones actúan en beneficio de intereses privados antes que del bien común. La buena fe, en este contexto, se percibe como ingenuidad.

La posverdad y la manipulación informativa. El auge de noticias falsas y la manipulación en redes sociales han generado un ambiente donde la veracidad se cuestiona constantemente. La investigadora británica Claire Wardle, del Center for Digital Journalism, advierte que “cuando la información se convierte en un campo de batalla, la buena fe se transforma en vulnerabilidad”.

La mercantilización de las relaciones humanas. En un mundo saturado de competitividad, la lógica del mercado invade incluso los vínculos personales. La confianza se mide en términos de utilidad y la reciprocidad se reduce a cálculo. El sociólogo polaco Zygmunt Bauman ya advertía que la modernidad convierte los compromisos en contratos frágiles, fracturando la buena fe como valor.

La judicialización excesiva de la vida social. La proliferación de litigios y cláusulas contractuales refleja un déficit de confianza. El jurista colombiano Rodrigo Uprimny señala que “cuando cada relación requiere blindaje jurídico, es porque la buena fe ya no basta como garantía”.

La sociedad se protege con leyes porque ha dejado de creer en la palabra; pero el problema se hace más complejo porque la misma justicia es vista como amañada a interés particulares.

La crisis cultural de valores compartidos. La globalización y la fragmentación cultural han debilitado referentes comunes. Sin un marco ético compartido, la buena fe pierde terreno frente a la sospecha. El filósofo surcoreano Byung-Chul Han sostiene que “la transparencia exigida por la sociedad digital no es confianza, sino control”.

El Instituto de Estudios Sociales de la Universidad Nacional de Colombia publicó en 2025 un estudio sobre confianza ciudadana en el Caribe colombiano. La conclusión bien puede asimilarse como una alerta para buscar soluciones porque advierte el retroceso y lo asocia, directamente, con la falta de credibilidad en autoridades locales y nacionales.

Al rescate del valor en crisis

Visto lo anterior comparto cinco recomendaciones de los expertos para recuperar la buena fe:

Reforzar la transparencia institucional. La buena fe no puede reconstruirse sin instituciones confiables. Auditorías ciudadanas, rendición de cuentas y acceso abierto a la información pública son esenciales para que la confianza vuelva a ser posible.

Educar en ética y pensamiento crítico. La buena fe no es ingenuidad, sino un valor que requiere formación. Incluir en los currículos escolares programas de ética aplicada y alfabetización mediática ayudaría a que las nuevas generaciones distingan entre confianza legítima y manipulación.

Promover la cultura del cumplimiento de la palabra. Recuperar la buena fe implica valorar la coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Campañas sociales que visibilicen ejemplos de cumplimiento y responsabilidad pueden generar referentes positivos.

Fomentar espacios de diálogo comunitario. La confianza se construye en la interacción cotidiana. Iniciativas de participación ciudadana, cabildos abiertos y proyectos colaborativos fortalecen la percepción de que la palabra del otro merece crédito.

Reconocer y sancionar la mala fe. La recuperación del principio exige también consecuencias claras para quienes actúan con engaño. La sanción social y jurídica frente a la mala fe es indispensable para que la buena fe vuelva a ser un valor protegido.

En conclusión, el principio de la buena fe no es un lujo moral, sino una necesidad práctica para la convivencia democrática. Sin ella, las instituciones se vuelven frágiles, los contratos se multiplican en cláusulas defensivas y las relaciones humanas se reducen a cálculos de conveniencia.

El jurista español, Luis Díez-Picazo, manifiesta que “la buena fe es la base de todo el derecho privado; sin ella, el derecho se convierte en mera técnica de coerción”.

 En tiempos de crisis, recuperar la buena fe es recuperar la posibilidad de creer en el otro, de confiar en que la palabra aún tiene valor.

La tarea es ardua, pero indispensable. La buena fe no se impone por decreto, sino que se cultiva en la práctica cotidiana, en la coherencia de las instituciones y en la responsabilidad de cada ciudadano. Solo así podremos revertir la tendencia hacia la desconfianza y reconstruir el tejido invisible que sostiene la vida en común.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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