Ya soy de esa generación que disfrutó de la variedad de eventos que ofrece el Carnaval de Barranquilla, y debo reconocer que al sol de hoy no me entusiasman como antes, producto de una serie factores que en algún momento contaré.
Les manifiesto sí de mi preocupación por lo que divulgan las redes sociales y es que al término de varios de los desfiles vienen enfrentamientos violentos en donde los protagonistas, en un alto porcentaje, son jóvenes fuera de control y autocontrol.

En alguna ocasión leí algo acerca de la ‘Generación de Cristal’ y por lo que muestran investigaciones al respecto, muchas de esas conductas van ligadas al tema. De allí que los invito a empaparse de esta tendencia que debe ser abordada por urgencia por todos los actores de las sociedades.
Los expertos aseguran que, en los últimos años, el término ha ganado espacio en el debate público, utilizado para describir a los jóvenes nacidos entre finales de los años 90 del siglo pasado y la primera década del presente, el XXI, señalados de ser hipersensibles, frágiles y poco tolerantes a la frustración.
Sin embargo, detrás de esta etiqueta se esconde un fenómeno complejo que merece ser analizado con rigor académico y conceptual, atendiendo a sus causas, consecuencias y posibles caminos de abordaje.
Según el profesor colombiano Carlos Medina Gallego, de la Universidad Nacional de Colombia, “vivimos una época en la que la sensibilidad ha sido elevada a dogma y la fragilidad emocional se ha convertido en una señal de identidad generacional”.
Esta percepción se nutre de la creciente visibilidad de discursos sobre salud mental, inclusión y derechos, que contrastan con modelos anteriores de juventud más orientados a la resistencia y la disciplina.
Por su parte, los investigadores mexicanos Benjamín Gómez Ramos e Isaías Díaz Maldonado, del Tecnológico Nacional de México y la Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo, señalan que la ‘Generación de Cristal’ debe entenderse en el marco de la sociedad del conocimiento del siglo XXI.
Entre las causas más relevantes Gómez y Díaz destacan:
Transformaciones tecnológicas: La hiperconectividad y la exposición constante a redes sociales han amplificado la sensibilidad frente a la crítica y la comparación social.
Cambio en los modelos educativos: La pedagogía contemporánea promueve la expresión emocional y la participación activa, lo que contrasta con la rigidez de generaciones anteriores.
Contexto social y económico: Crisis globales, incertidumbre laboral y desafíos ambientales han generado una juventud más consciente de su vulnerabilidad.
Visibilización de la salud mental: El acceso a discursos psicológicos y psiquiátricos ha legitimado la expresión de emociones y la búsqueda de apoyo.
Las investigaciones se refieren además al impacto de esta generación que se manifiesta en distintos ámbitos:
- En la política y la movilización social: Jóvenes más sensibles a la injusticia y más activos en causas como el feminismo, la diversidad sexual y la sostenibilidad ambiental.
- En el mercado laboral: Mayor demanda de ambientes inclusivos, flexibles y con enfoque en bienestar emocional.
- En la cultura digital: Producción de contenidos que priorizan la empatía, la autenticidad y la denuncia de prácticas discriminatorias.
- En la percepción intergeneracional: Choque con generaciones anteriores que valoran la resiliencia y la fortaleza como virtudes esenciales.
El investigador colombiano Diego Velásquez, de la Universidad del Rosario de Bogotá, advierte que este debate refleja una tensión histórica y sostiene que “la permutación lleva al debate entre los antiguos y los nuevos”. Es decir, más que un problema, se trata de un proceso de adaptación social.
Diversos estudios muestran que los índices de trastornos de ansiedad y depresión en jóvenes han aumentado en la última década, según la Organización Mundial de la Salud, OMS; mientras que encuestas internacionales reflejan que más del 60% de los jóvenes priorizan el bienestar emocional sobre el éxito económico.
En América Latina, por ejemplo, los movimientos juveniles han sido protagonistas de protestas sociales, evidenciando una sensibilidad política que contradice la idea de pasividad.
Estos indicadores sugieren que la fragilidad atribuida a la ‘Generación de Cristal’ puede ser, en realidad, una nueva forma de resiliencia, basada en la conciencia emocional y la búsqueda de cambios estructurales.
En ello coinciden los investigadores Medina, Gómez y Velásquez, al tiempo que hacen sus aportes para abordar la temática a partir de cinco puntos básicos:

1-. Revalorizar la sensibilidad: Entenderla como un recurso para la empatía y la cohesión social, no como un defecto.
2-. Fortalecer la educación emocional: Incluir programas de resiliencia, manejo de frustración y pensamiento crítico en escuelas y universidades.
3-. Promover ambientes laborales inclusivos: Reconocer la importancia del bienestar psicológico en la productividad.
4-. Fomentar el diálogo intergeneracional: Crear espacios donde las distintas generaciones compartan experiencias y aprendizajes.
5-. Evitar la estigmatización: Sustituir etiquetas peyorativas por análisis rigurosos que reconozcan la diversidad de experiencias juveniles.
En conclusión, la llamada ‘Generación de Cristal’ no es simplemente una juventud frágil, sino una generación que ha elevado la sensibilidad como bandera de transformación social. Sus demandas de inclusión, bienestar y justicia reflejan un cambio profundo en la manera de concebir la vida en comunidad.
Más que criticar su fragilidad, corresponde a la sociedad reconocer que estamos ante un nuevo paradigma donde la fortaleza no se mide por la capacidad de resistir el dolor en silencio, sino por la valentía de expresarlo y buscar soluciones colectivas.
