La angustia y su devastador impacto social

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La angustia se ha convertido en un síntoma social que refleja la polarización creciente en los últimos tres años pospandemia, herencia dejada por el Covid 19. Los indicadores muestran un aumento sostenido de ansiedad y desconfianza, pero a ellos, los expertos están sumando la división política y económica.

Las investigaciones confirman que más allá de ser una experiencia individual, la angustia se ha transformado en un fenómeno social que revela el grado de fractura que atraviesan nuestras comunidades; en conclusión, está profundizando el malestar colectivo.

Un ejemplo reciente para destacar es el proceso de elegir al nuevo presidente de mi país, Colombia, cuyos resultados ahora apuntan a seguir la misma tendencia de odio irracional vivida en la antesala de la escogencia final.

En el presente periodo pospandémico, los estudios internacionales señalan que los casos de ansiedad y depresión han aumentado en un 25% a nivel mundial, según la Organización Mundial de la Salud, OMS. Lo preocupante y diciente es que el indicador se ha mantenido con variaciones mínimas en los últimos tres años.

El investigador colombiano Hernando Santamaría García, de la Pontificia Universidad Javeriana, advierte que la polarización política y las desigualdades económicas han dejado cicatrices profundas en la salud mental de la población, especialmente en regiones afectadas por los conflictos y la precariedad. Según sus análisis, la ausencia de políticas equitativas perpetúa ciclos de angustia y desesperanza.

En Europa, la psicóloga española Sara Domínguez-Salas, de la Universidad de Sevilla, subraya que el confinamiento y la pérdida de confianza en las instituciones durante la pandemia generaron un terreno fértil para la angustia colectiva. Sus estudios muestran que la angustia no solo se expresa en síntomas clínicos, sino también en la dificultad para sostener la cohesión social.

Un análisis internacional, liderado por la investigadora española María Camacho-García, publicado en Science Advances, identificó seis factores que impulsaron la polarización en salud durante la pandemia: la ideología política, la desinformación, la desigualdad social, los algoritmos de redes sociales, la confianza institucional y la percepción del riesgo.

La conclusión, de acuerdo con Camacho, es que la angustia se alimenta de la desconfianza y de la exposición constante a narrativas contradictorias, incluso planificadas con fines particulares.

Datos demostrativos así lo corroboran. Una de cada 4 personas reporta síntomas de ansiedad persistente en encuestas globales pospandemia; en América Latina, los niveles de depresión y angustia aumentaron entre un 20% y 30% en poblaciones vulnerables; y en comunidades polarizadas, los indicadores de angustia se disparan.

Este último caso es ilustrado con la situación actual en Estados Unidos en donde la politización de las medidas sanitarias elevó las tasas de depresión y el abuso del consumo de sustancias en zonas de mayor escepticismo político.

La narrativa de la angustia hoy no es solo clínica, es política y social, aseguran las investigaciones.

La polarización ha convertido la incertidumbre en un terreno de ansiedad colectiva. La desinformación amplificada por redes sociales ha erosionado la confianza en la ciencia y en las instituciones, generando un círculo vicioso, que se traduce en más polarización, más angustia, menos cohesión.

¿Es controlable?

Los expertos coinciden en que no podemos normalizarla. La angustia, cuando se instala en la vida cotidiana, limita la creatividad, la resiliencia y la capacidad de diálogo, subrayan; sin embargo dan luces para su manejo y que la angustia no se convierta en un problema crónico y colectivo.

Por ejemplo, recomiendan fortalecer la confianza en las instituciones y en la ciencia, mediante campañas claras, transparentes y coherentes que reduzcan la desinformación y devuelvan seguridad a la ciudadanía.

Promover espacios de diálogo social y comunitario haciendo énfasis en que la cohesión es constructora de la interacción; y que los programas de participación ciudadana y educación emocional pueden reducir la polarización.

Igualmente, incorporar la salud mental como prioridad en políticas públicas, lo cual es posible con el aumento de recursos, la capacitación de profesionales y las garantías al acceso equitativo.

En definitiva, los investigadores coinciden en afirmar que la angustia es el espejo de una sociedad que se debate entre la incertidumbre y la polarización.

Concluyen en que reconocerla como un fenómeno social y atenderla con políticas claras y prácticas de resiliencia es el camino para superar este estado de alerta y recuperar la confianza en el futuro.

En esto último, las nuevas generaciones son las llamadas a jugar un papel primordial…así que ¡Pilas, jóvenes, el mundo es de ustedes!

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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