Formar, educar y adoctrinar son tres verbos que, aunque parecen sinónimos en el lenguaje cotidiano, representan dimensiones distintas de los procesos educativos y sociales. Su uso se intensifica en épocas de debate político, donde cada ideología los acomoda según sus intereses.
Sin embargo, más allá de la retórica electoral, la investigación académica y los análisis institucionales ofrecen definiciones precisas que permiten distinguirlos y comprender sus implicaciones.
Formar, según el pedagogo suizo Johann Heinrich Pestalozzi, implica moldear integralmente al ser humano, no solo en conocimientos, sino en valores y afectividad. Él defendía que la formación debía vincular la vida práctica con la sensibilidad moral, preparando ciudadanos capaces de convivir en sociedad.
En la misma línea, el psicólogo canadiense, nacionalizado estadounidense Albert Bandura, subrayó que la formación se fortalece mediante modelos positivos y la autoeficacia; es decir, la confianza del individuo en su capacidad de actuar.
De acuerdo con Pestalozzi y Bandura, formar, en conclusión, es un proceso amplio que busca desarrollar competencias, actitudes y resiliencia.
Educar, por su parte, se asocia más directamente con la transmisión de conocimientos y la interacción social.
John Dewey, filósofo y pedagogo estadounidense, insistía en que educar es un acto democrático, donde la escuela funciona como comunidad participativa. Aseguraba que la educación debía estar ligada a la experiencia y al aprendizaje activo.
El psicólogo ruso Lev Vygotsky complementó esta visión al destacar la importancia de la interacción social y la “zona de desarrollo próximo”, donde el docente guía al estudiante hacia niveles superiores de comprensión.
Concluyen Dewey y Vygotsky en que educar es un proceso dinámico que combina saberes, habilidades y mediación pedagógica.
Adoctrinar, en cambio, suele tener una connotación negativa. Paulo Freire, pedagogo brasileño, advertía que la educación puede convertirse en adoctrinamiento cuando se limita a imponer verdades sin diálogo, anulando la conciencia crítica. Sostenía que la verdadera educación es liberadora, mientras que el adoctrinamiento es opresivo.
La UNESCO, en sus informes sobre educación global, ha señalado que el adoctrinamiento se produce cuando los sistemas educativos se utilizan para imponer ideologías políticas, religiosas o culturales, reduciendo la diversidad y la autonomía del pensamiento.
En palabras del sociólogo español Manuel Castells, el adoctrinamiento es un mecanismo de poder que busca controlar narrativas y limitar la capacidad de cuestionamiento.
Instituciones internacionales como la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, OCDE, han diferenciado la frontera entre educar y adoctrinar. En sus evaluaciones de sistemas educativos, la organización enfatiza que la educación debe fomentar competencias críticas, creatividad y resolución de problemas; mientras que el adoctrinamiento se reconoce cuando los currículos se centran en dogmas o en la repetición mecánica de contenidos.
El pedagogo finlandés Pasi Sahlberg, reconocido por su defensa de la equidad educativa, sostiene que la diferencia esencial está en la confianza. Educar implica confiar en la capacidad del estudiante para pensar por sí mismo, mientras que adoctrinar busca controlar su pensamiento.
Explicación con ‘plastilina’
Ejemplos ilustrativos ayudan a comprender estas diferencias. Formar sería, por ejemplo, enseñar a un niño a trabajar en equipo, a respetar normas de convivencia y a desarrollar empatía. Educar sería enseñarle matemáticas, historia o ciencias, vinculando esos conocimientos con la vida cotidiana. Adoctrinar, en cambio, sería imponerle una visión única de la historia, negando la pluralidad de interpretaciones y descalificando cualquier pensamiento crítico.
En América Latina, varios estudios de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe, CEPAL, han advertido que los sistemas educativos enfrentan el riesgo de caer en el adoctrinamiento cuando se subordinan a intereses políticos, en lugar de priorizar la calidad y la equidad.
Investigadores como Howard Gardner, psicólogo cognitivo y profesor estadounidense, han insistido en que la educación debe reconocer las inteligencias múltiples y valorar la diversidad cultural y cognitiva. Él que un sistema educativo que fomente la creatividad y la autonomía evita el adoctrinamiento, porque permite que cada estudiante explore sus talentos.
Por otro lado, Ken Robinson, educador y escritor británico, criticó los currículos rígidos que sofocan la creatividad y convierten la educación en mera instrucción repetitiva, cercana al adoctrinamiento. Defendía que educar es abrir posibilidades, no cerrarlas.
La diferencia entre estos conceptos también se refleja en las políticas públicas. En Finlandia, la formación integral y la confianza en los docentes han generado un sistema educativo reconocido mundialmente por su equidad y calidad. En contraste, en contextos donde los gobiernos utilizan la educación como herramienta ideológica, se observa un retroceso en la capacidad crítica de los estudiantes.
El Banco Mundial, BM, ha advertido que los países que priorizan la memorización y la obediencia sobre el pensamiento crítico enfrentan mayores dificultades para adaptarse a los cambios tecnológicos y sociales.
En Colombia, el debate sobre formar, educar y adoctrinar se intensifica en tiempos electorales. Algunos sectores acusan a la escuela de adoctrinar políticamente, mientras otros defienden que educar implica necesariamente transmitir valores democráticos.
Investigadores como el pedagogo colombiano Julián De Zubiría han señalado que la clave está en distinguir entre educación ciudadana, que busca formar ciudadanos críticos y participativos, y adoctrinamiento político, que busca imponer una visión única. Insiste en que la educación debe ser plural, abierta y dialogante.
La psicóloga estadounidense Carol Dweck aporta otro ángulo al destacar la importancia de la mentalidad de crecimiento. Para ella, formar y educar deben fomentar la idea de que las capacidades pueden desarrollarse con esfuerzo y perseverancia. El adoctrinamiento, en cambio, transmite la idea de que las verdades son fijas e inmutables, limitando la posibilidad de aprendizaje continuo.
En conclusión, formar, educar y adoctrinar son conceptos que se entrelazan en el discurso político, pero que la investigación académica y las instituciones distinguen con claridad.
Formar es desarrollar integralmente al ser humano; educar es transmitir conocimientos y habilidades en un marco democrático y participativo; adoctrinar es imponer ideologías anulando la crítica.
La moraleja es que una sociedad que confunde educar con adoctrinar corre el riesgo de perder su capacidad de pensar libremente. Solo cuando la educación se concibe como un acto de formación integral y liberadora, se construyen ciudadanos capaces de enfrentar los retos del siglo XXI con autonomía, creatividad y conciencia crítica.
La verdadera fortaleza de una nación no está en imponer verdades, sino en enseñar a cuestionarlas, coinciden los investigadores.

