El vocabulario en medio de las crisis

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Cuando una sociedad se debate en medio de crisis políticas, sociales y económicas, el idioma aporta su cuota para el análisis. Términos que duermen en los manuales de comportamiento, como desobediencia civil, resistencia civil y resiliencia, saltan a la conversación cotidiana, a los titulares de prensa y a las plazas públicas.

Se repiten tanto que corren el riesgo de perder su sentido, volverse aburridos y convirtiéndose en abridores del camino hacia la indiferencia y el conformismo. Vale la pena, entonces, detenerse a mirar de dónde vienen y qué significan realmente cuando una comunidad decide, ante la injusticia o el colapso, no quedarse quieta.

Investigaciones sobre la desobediencia civil la definen como el acto de infringir abiertamente una ley considerada injusta, de manera pública, no violenta y asumiendo las consecuencias legales de esa infracción.

La tradición filosófica que la sostiene arranca con Henry David Thoreau en el siglo XIX y se sistematiza después con el filósofo estadounidense John Rawls, quien la describió como un acto político dirigido a la conciencia colectiva de la mayoría.

Se asegura, por parte de los intérpretes que no es rebeldía ciega, sino un gesto calculado, casi sistemático, que busca interpelar a la sociedad desde la propia vulnerabilidad de quien la practica.

Un ejemplo contemporáneo revelador ocurrió en Serbia. Se refiere al derrumbe de la marquesina de la estación de trenes de Novi Sad, en noviembre de 2024, que dejó dieciséis muertos. A partir del incidente, estudiantes universitarios comenzaron a bloquear facultades enteras sin banderas partidistas ni liderazgos visibles.

Según registros de la propia comunidad académica en plataformas como Studenti u blokadi y medios como Danas y B92, el movimiento combinó marchas, bloqueos de tránsito, ocupaciones y una desobediencia civil sostenida durante meses.

La presión logró, entre otras concesiones, la renuncia de varios ministros y del propio primer ministro, además de un incremento del 20% en el presupuesto de educación superior. El bloqueo de un aula se convirtió en símbolo de un país entero que decidió no obedecer.

La resistencia civil, en cambio, es un concepto más amplio. Los investigadores afirman que engloba cualquier estrategia colectiva y no violenta, como huelgas, boicots, marchas, la desobediencia incluida, orientada a transformar una estructura de poder.

La politóloga estadounidense Erica Chenoweth, de la Universidad de Harvard, es hoy la voz de referencia mundial en la materia. Junto con la investigadora Maria Stephan, analizó más de trescientas campañas ocurridas entre 1900 y 2006 y encontró que las de carácter no violento duplicaban en probabilidad de éxito a las armadas.

De ese hallazgo nació la “regla del 3,5 por ciento”, según la cual ningún gobierno habría resistido históricamente una movilización sostenida de esa proporción de su población en un evento de máxima participación.

El Centro Carr de Derechos Humanos de Harvard y el Centro Internacional sobre Conflictos No Violentos, con sede en Washington, continúan evaluando esa hipótesis, advirtiendo que el indicador por sí solo no garantiza nada sin organización y estrategia sostenida en el tiempo.

Kenia, en África, ilustra con un segundo ejemplo. En junio de 2024, una generación que se autodenominó Gen Z, organizada a través de redes sociales y sin estructura de liderazgo tradicional, salió a las calles contra un proyecto de ley que encarecía productos básicos. Los jóvenes se coordinaron mediante plataformas como TikTok y X, y el hashtag #RejectFinanceBill2024 se volvió viral mucho más allá de Nairobi.

La presión, sostenida pese a una represión severa, forzó al presidente William Ruto a retirar la ley y a reconocer públicamente que el pueblo había hablado. La Comisión Nacional de Derechos Humanos de Kenia reveló el costo de esa victoria en la que hubo decenas de muertos y cientos de heridos, un recordatorio de que la resistencia civil, aunque no violenta en su intención, no está exenta de represión violencia y mortal.

Institutos como Freedom House y el V-Dem Institute, de la Universidad de Gotemburgo en Suecia, llevan años midiendo el estado de las democracias con indicadores que incluyen la capacidad ciudadana de organizarse y protestar sin ser reprimida.

Sus informes anuales muestran una tendencia inquietante. Mientras el número de movilizaciones masivas crece en el mundo, su tasa de éxito ha ido cayendo respecto a décadas anteriores, lo que ha obligado a activistas e investigadores a repensar tácticas y sostenibilidad organizativa.

La resiliencia completa los términos del análisis, aunque proviene de un territorio distinto, la psicología.

El neuropsiquiatra francés Boris Cyrulnik, superviviente infantil del Holocausto, es quien popularizó el término aplicado al trauma humano. Para él, la resiliencia no es simple aguante, sino que implica reconstruirse después de la herida, transformar el dolor en una nueva forma de vivir, un proceso que exige seguridad afectiva, una comunidad de apoyo y sentido narrativo sobre lo vivido.

Esa misma lógica se trasladó después a las ciencias sociales y a la planificación urbana para describir la capacidad de sistemas, ciudades o economías de absorber un choque y reorganizarse sin colapsar del todo.

El Centro de Resiliencia de Estocolmo y organismos como la OCDE han adaptado ese lenguaje médico a indicadores de infraestructura, gobernanza y cohesión social, evaluando qué tan rápido y con qué costo humano se recupera una comunidad tras un desastre, una crisis financiera o un conflicto prolongado.

La diferencia con los dos conceptos anteriores es sutil pero decisiva, según las investigaciones. Mientras la desobediencia y la resistencia civiles empujan activamente contra un poder, la resiliencia describe la capacidad de sostenerse y renacer después del golpe, venga este de la naturaleza, la economía o la violencia política.

Los tres términos, sin embargo, no son aislados. Una sociedad resiliente suele sostener mejor en el tiempo la resistencia civil, porque no se quiebra ante el desgaste de la confrontación prolongada. Y la desobediencia civil, ese gesto individual y valiente de decir no, es con frecuencia la chispa que enciende movimientos de resistencia más amplios y duraderos.

En conclusión, comprender estas palabras, más allá de su uso como consigna de lucha, es entender mejor cómo las sociedades contemporáneas enfrentan, cuestionan y sobreviven a sus propias crisis. Además, es oportuno destacar que las palabras no son solo discurso, son herramientas de acción y supervivencia colectiva.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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