Termina otro septiembre, mes convertido en el símbolo del amor y la amistad. Yo lo considero como un período no apropiado para ‘aguar’ la fiesta relacionada con sentimientos, conductas, virtudes o valores básicos para la convivencia social.
Sin embargo, les comparto el resultado de una tarea luego de vivir una experiencia reciente en el cubrimiento periodístico de un congreso de suicidología a cargo de expertos iberoamericanos. En una de las exposiciones alguien preguntó acerca de la incidencia de un “mal de amor” en la toma de una fatal decisión.
Resulta que, desde el plano científico la cuestión no es tan folclórica, mucho menos romántica, como muchos lo califican… ‘a rey muerto, rey puesto’, no.
“El mal de amor no es un capricho sentimental, ni un signo de fragilidad, sino una experiencia humana con raíces evolutivas profundas, expresiones físicas medibles y consecuencias sociales que la ciencia moderna apenas comienza a dimensionar con precisión”, sostienen las investigaciones.
Datos históricos señalan que en 1774, el escritor alemán Johann Wolfgang von Goethe publicó la novela ‘Las penas del joven Werther’, que desató una ola de imitaciones del trágico final, producto del desamor, y varios países prohibieron su circulación.
“Aquel fenómeno, bautizado siglos después como ‘efecto Werther’, es el primer registro documentado de algo que la ciencia contemporánea empezó a confirmar con resonancias magnéticas y biomarcadores. El llamado mal de amor no es una metáfora romántica ni una debilidad de carácter, sino un proceso neurobiológico y fisiológico capaz de alterar el cuerpo con la misma contundencia que una enfermedad orgánica”.
En el interior del cerebro
La antropóloga estadounidense Helen Fisher, quien dedicó cerca de tres décadas de investigación en la Universidad Rutgers al estudio científico del amor, sometió a más de un centenar de personas a escáneres de resonancia magnética funcional y los resultados son descritos así:
“Descubrió actividad en el área tegmental ventral, una pequeña región cerca de la base del cerebro que genera dopamina y produce júbilo, euforia, motivación y un intenso anhelo asociado al amor romántico. Lo revelador de su hallazgo es la vecindad de esa zona que está justo al lado de las estructuras cerebrales que regulan el hambre y la sed, lo que explica por qué la ausencia del ser amado puede sentirse, literalmente, como una carencia vital”.
Fisher también comparó la intensidad del rechazo amoroso con el sexual y sus investigaciones mostraron que el amor romántico puede ser más intenso y doloroso que el rechazo sexual, con un impacto directo sobre la salud mental de quien lo padece.
En conclusión, la investigadora determinó que el desamor puede escalar hasta convertirse en una urgencia médica real.
Japoneses, directos al corazón
Otra reseña histórica es producto de investigaciones de médicos japoneses, realizada en 1990, y es conocida como ‘cardiomiopatía de takotsubo’, y popularmente el ‘síndrome del corazón roto’, consistente en un ensanchamiento del ventrículo izquierdo que imita los síntomas de un infarto.
Según investigadores de la Clínica Mayo, institución especializada en cardiología con tres sedes en Estados Unidos, se trata de una afección cardíaca temporal provocada por situaciones estresantes y emociones extremas, también llamada miocardiopatía por estrés.
Mientras que estudios epidemiológicos de investigadores de la Clínica Cleveland, en Estados Unidos, sostienen que la ansiedad extrema puede duplicar la incidencia del síndrome en poblaciones ya susceptibles.
Trastornos mentales
Investigaciones de la Organización Mundial de la Salud, OMS, consignadas en los informes ‘World Mental Health Today’ (en español ‘La salud mental mundial hoy’) y ‘Mental Health Atlas 2024’ (en español ‘Atlas de la Salud Mental 2024’), revelan que más de 1.000 millones de personas en el planeta, el 14 % de la población, conviven con algún trastorno de salud mental, ansiedad y depresión, siendo más afectadas las mujeres.
“Aunque estos datos no se limitan al desamor, los especialistas coinciden en que las rupturas sentimentales figuran entre los desencadenantes más frecuentes de episodios depresivos agudos, particularmente en sociedades donde el vínculo afectivo sigue siendo un pilar central de la identidad personal”, anotan los investigadores.
Esta era digital, el sociólogo polaco-británico Zygmunt Bauman la describió como la época la del ‘amor líquido’, argumentando que los vínculos se crean y se disuelven con una rapidez que dificulta el duelo emocional necesario para sanar.
Lo anterior es ilustrado con dos ejemplos. El primero se relaciona la novela de Goethe, que transformó la angustia personal por un amor no correspondido en literatura, acto que los psicólogos actuales llaman “reformulación narrativa” y que hoy se recomienda como herramienta terapéutica legítima.
Y el segundo ejemplo es con base en estudios sobre comportamiento digital, conocido como “orbiting”, o ‘vigilancia compulsiva’ de las redes sociales de una expareja, conducta que prolonga artificialmente la activación de los circuitos cerebrales de apego y retrasa la recuperación emocional.
Frente a este panorama, la comunidad científica y clínica recomienda:
La primera es aceptar que el dolor tiene una base fisiológica real y, por tanto, no debe minimizarse ni ocultarse, que reconocerlo es el primer paso hacia la recuperación.
La segunda es interrumpir el contacto, temporalmente, con la expareja, pues cada exposición reactiva los circuitos que mantienen viva la dependencia emocional.
La tercera es apoyarse en la actividad física y el sueño reparador, dos factores que regulan directamente los niveles de cortisol y facilitan la estabilización del sistema nervioso autónomo, clave para prevenir cuadros como el síndrome del ‘corazón roto’.
La cuarta recomendación, respaldada por la psicología clínica contemporánea, es cultivar deliberadamente otras fuentes de sentido y vínculo, como amistades, proyectos, comunidad, en lugar de esperar pasivamente a que el tiempo actúe en solitario.
Y la quinta, quizá la más subestimada, es buscar acompañamiento profesional cuando el malestar se prolonga o interfiere con la vida cotidiana.
PD: Lo irónico de todo esto es que el ‘mal de amor’ también tiene su día para ser celebrado a nivel mundial: cada 29 de julio y lo originó, simbólicamente, un grupo de despechados en México, en el 2012, a partir del intercambio de experiencias para ayudar a sanar… ¡qué tal!

