No ceden los problemas mentales

70 0

Hay cifras que, de tanto repetirse, corren el riesgo de volverse paisaje. Una de cada cuatro personas experimentará un trastorno mental a lo largo de su vida, pronosticó en su momento la Organización Mundial de la Salud, OMS.

Sin embargo, en el Día Mundial de la Salud Mental, que se conmemoró el 10 de octubre, los datos de 2026 confirman que el problema no cede y más bien se ha consolidado como uno de los mayores desafíos de salud pública del planeta, y la respuesta sigue llegando tarde, mal distribuida y, con frecuencia, sin escuchar a quienes más saben del asunto.

Hoy, la depresión afecta a más del 5% de la población adulta y los trastornos de ansiedad superan el 7% en promedio mundial. Traducido a la vida diaria esto quiere decir que más de una de cada veinte personas adultas vive con depresión, y cerca de una de cada catorce, con un trastorno de ansiedad.

Durante la pandemia, los casos de ambas condiciones aumentaron un 25%, y lo inquietante es que aquel salto no fue un pico pasajero. La prevalencia continúa por encima de los niveles previos al Covid-19, con un crecimiento sostenido en los últimos tres años, y en varias regiones incluso se reporta un incremento adicional. Dicho sin rodeos, la crisis no ha remitido, se ha instalado.

El mapa, además, es profundamente desigual, considera la OMS. En América Latina persisten niveles altos de depresión y angustia, sobre todo entre las poblaciones vulnerables. En Europa y Norteamérica crecen los problemas entre los jóvenes, asociados al uso intensivo de las redes sociales.

En África y Asia el drama es el silencio, las graves brechas de acceso y un subregistro de casos que impide dimensionar la carga real. Los países con sistemas sólidos muestran cierta estabilización; donde domina la desigualdad, los indicadores siguen empeorando.

Posibles causas

Las causas se entrelazan. La organización señala la polarización política y la desigualdad social, que alimentan el estrés y la angustia colectiva; el uso problemático de las redes, vinculado con la depresión y una menor satisfacción vital en adolescentes; y la huella persistente del Covid-19, hecha de aislamiento, pérdida de confianza en las instituciones y duelos prolongados.

A todo ello se suma un déficit de servicios que desafía el sentido común. En muchos países, menos de la mitad de quienes necesitan atención la reciben. La demanda crece mientras la oferta se queda corta, sostiene la OMS.

Pero la crisis tiene un rostro menos visible, que rara vez aparece en las estadísticas de prevalencia. Muchas personas con afecciones de salud mental viven hoy en grandes hospitales psiquiátricos e instituciones de asistencia social, y prácticamente la mitad pasa allí meses, años o incluso decenios contra su voluntad, aislada del mundo exterior.

El Atlas de Salud Mental de la OMS ofrece el contraste más elocuente. Apenas el 9% de los países que presentaron informes ha adoptado por completo un modelo comunitario, mientras que el 53% se halla en las primeras etapas de la reforma.

 Además, una de cada cuatro personas ingresadas en hospitales psiquiátricos, un 28 %, permaneció más de seis meses. Dicho de otro modo, de cada diez países, menos de uno ha completado la transición y más de cinco apenas empiezan.

Guía de ayuda

Con ese telón de fondo, el 9 de octubre la OMS publicó una guía para ayudar a los países a abandonar los modelos de estancias prolongadas en hospitales psiquiátricos y avanzar hacia una atención centrada en la persona, dentro de la comunidad y respetuosa de sus derechos.

El proceso, conocido como desinstitucionalización, consiste en acompañar el regreso a la vida comunitaria de quienes llevan seis meses o más internados.

El director general de la organización, Tedros Adhanom Ghebreyesus, lo resumió en una idea, afirmando que “nadie debería renunciar a su libertad, su dignidad ni su lugar en la comunidad para recibir apoyo continuo en salud mental”.

Y agrega que “los países deben dejar de depender de la atención a largo plazo en instituciones y acelerar el cambio de prioridad en las inversiones de las instituciones a una atención y un apoyo en salud mental comunitarios y basados en los derechos”. 

La guía añade una advertencia clave y es que los hospitales no pueden lograrlo solos. Hacen falta vivienda, atención sanitaria, apoyo social, educación, oportunidades de empleo y respaldo a las familias.

Ahí entra el lema de este año, impulsado por la OMS, ‘Escuchemos a las personas con experiencia vivida: voces reales, cambio real’. El mensaje incomoda porque señala una incoherencia habitual ya que se invita a esas personas a contar su historia, pero se las excluye de las decisiones.

Participar de manera significativa implica influir en las políticas, intervenir en el diseño de los servicios, fortalecer los enfoques liderados por pares, enfrentar el estigma y exigir rendición de cuentas.

Los sistemas, de acuerdo con OMS, responden mejor cuando se construyen con quienes los usan; es decir se vuelven más centrados en la persona, más basados en derechos y más atentos a sus preocupaciones. Como sostiene la consultora Grace Gatera, “el cambio debe hacerse junto con quienes han recibido atención en instituciones, no para ellos”.

¿Qué hacer, entonces?

Las pruebas apuntan a seis decisiones concretas.

Primera: integrar la salud mental en las políticas públicas con presupuesto propio, metas medibles y resultados publicados, porque lo que no se mide tampoco se corrige.

Segunda: cerrar la brecha de atención llevando los servicios a la primera línea sanitaria y priorizando a las poblaciones vulnerables y a las regiones con subregistro, hasta que ser atendido deje de ser la excepción.

Tercera: reorientar la inversión de las instituciones hacia la comunidad, con vivienda, empleo, educación y apoyo a las familias, y reducir ingresos y estancias largas mientras se protegen los derechos de quienes aún permanecen internados.

Cuarta: dar a las personas con experiencia vivida asiento y voto en el diseño, la evaluación y el seguimiento de los servicios, no un lugar decorativo en la mesa.

Quinta: proteger a los jóvenes con prevención en escuelas y familias, y con un uso más sano de las redes sociales.

Sexta: combatir la desinformación y el estigma, que mantienen a muchos en silencio y lejos de la ayuda.

El diagnóstico está hecho y es contundente. Mas casos que antes de la pandemia, servicios insuficientes y un modelo institucional que todavía encierra a quienes debería acompañar.

Lo que falta no es información, sino decisión. La salud no existe sin salud mental, y ningún país puede darse el lujo de seguir postergándola.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

Related Post

Leave a comment