¿Valores y antivalores, cómo va el pulso?

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Se ven tantas vainas en nuestras sociedades contemporáneas… la capacidad de asombro es hoy una especie de costumbre cotidiana; la corrupción en sus infinitas manifestaciones es una moda; la intolerancia, hace rato, está en la ruta de ser un comportamiento normal; el odio avanza a pasos agigantados.

Creo que todo es producto de la crisis entre valores y antivalores que, según investigadores, es algo tan antiguo como la sociología misma. A propósito, ¿quién va ganando ese pulso?, leamos:

Tres sociólogos, a través de su trabajo y legado académico, dos de ellos nacidos hace más de un siglo, hacen aportes para tratar de comprender todo este ‘berenjenal’: el francés David Émile Durkheim; el polaco Zygmunt Bauman; y el estadounidense Robert David Putnam.

Durkheim habló de anomia para describir sociedades cuyas normas se debilitan más rápido de lo que surgen otras nuevas; Bauman hizo referencia a una modernidad líquida de vínculos frágiles; y Putnam a la erosión del capital social en las democracias occidentales.

La conclusión plantea una paradoja en la que los antivalores se ven más porque su impacto es inmediato, mientras los valores funcionan como un tejido silencioso que solo se nota cuando se rompe.

Esto quiero ilustrarlo con algo común en el periodismo actual. Las malas noticias, pan de cada día, se esperan con ansias, y no importa si tienen altas dosis de embustes y exageraciones; mientras que las buenas no cuentan, no tienen gracia, no trascienden, no atrapan, ‘valen tres tiras’, porque eso no da posicionamiento, mucho menos ‘caché’ al medio de marras.

Otras muestras se revelan en estudios e investigaciones. Por ejemplo, el Índice de Percepción de la Corrupción 2025, publicado en febrero de 2026, establece que en Latinoamérica no hay avances trascendentales en la lucha anticorrupción. Nuestro país, Colombia, obtuvo 37 puntos sobre 100, quedó en el puesto 99 de 182 países, perdió dos puntos y siete posiciones frente a 2024.

Transparencia por Colombia atribuye el retroceso a la ausencia de una política anticorrupción sólida y sostenida, y a la persistencia de escándalos en las altas esferas del gobierno. Esto ratifica que la corrupción erosiona la confianza institucional y, con ella, la disposición a cooperar.

Pero el fenómeno no es solo colombiano. El Barómetro de Confianza de Edelman 2026, un estudio anual que desde 2001 hace la firma Edelman, con sede en Chicago, Estados Unidos, consultó a 34.000 personas en 28 países y concluye que 7 de cada 10 dudan o se niegan a confiar en alguien con valores, fuentes de información o trasfondos distintos a los suyos.

El aislamiento gana terreno

El diagnóstico establece que el agravio de años anteriores se ha convertido en aislamiento. La confianza se repliega hacia vecinos, familia, amigos y compañeros de trabajo, mientras cae la depositada en los líderes nacionales y en los grandes medios de comunicación.

La incertidumbre económica y el pesimismo también alimentan ese giro hacia el interior, y apenas el 32 % de los encuestados cree que la próxima generación vivirá mejor.

América Latina muestra una versión aguda de esa desconfianza. Según el informe Latinobarómetro 2025-2026, elaborado por la Corporación Latinobarómetro, una ONG con sede en Santiago de Chile, el 73 % de los latinoamericanos siente que el Estado hace poco o nada por ellos y la confianza en los partidos políticos se ubica en el 15 %. La cobertura del estudio añade que apenas el 15 % expresa confianza interpersonal, lo que haría de la región la más desconfiada del mundo.

En la misma línea de medición, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos OCDE, con sede en París, asegura que solo la mitad de los latinoamericanos confía en la mayoría de las personas. Aunque las mediciones difieren en método, coinciden en el factor de la desconfianza.

Entre los jóvenes, el Informe Mundial de la Felicidad 2026, elaborado por el Wellbeing Research Centre de la Universidad de Oxford, Gallup, la Red de Soluciones para el Desarrollo Sostenible de la ONU (SDSN) y un consejo editorial independiente, apunta en el mismo sentido.

En las conclusiones se asegura que la caída de la confianza interpersonal e institucional y de la frecuencia de los encuentros sociales explica buena parte de la pérdida de bienestar de la Generación Z y los Millennials. Además, el uso intensivo de redes sociales se asocia con menor bienestar entre los jóvenes de los países angloparlantes y de Europa occidental.

Datos esperanzadores

Hasta aquí, el panorama parece darle la razón a quienes ven avanzar los antivalores; pero si los valores estuvieran realmente en retirada, la conducta prosocial debería reflejarlo, y los datos dicen otra cosa.

El World Giving Report 2025 (Informe Mundial de Donaciones) de la Charities Aid Foundation —una organización benéfica registrada en el Reino Unido, con sede principal en Kent y oficinas en Londres, Estados Unidos y Canadá—, que encuestó a más de 55.000 personas en 101 países, encontró que el 64 % donó dinero a buenas causas en 2024 y el 26 % dedicó tiempo al voluntariado. Además, el 40 % de las donaciones fue directamente a personas necesitadas, es decir, solidaridad sin intermediarios.

El Informe Mundial de la Felicidad 2025 registró que compartir comidas influye en el bienestar con una fuerza comparable a la del ingreso o el desempleo. También halló que quienes creen que los demás son amables tienden a ser más felices, aunque la gente subestima la amabilidad de su propia comunidad.

¿Hay entonces desequilibrio? Analistas creen que la balanza es engañosa, porque valores y antivalores no son pesos de la misma naturaleza.

Consideran que un antivalor solo se reconoce como tal porque existe un valor que lo define como desviación; por eso, los valores siguen siendo el horizonte que legitima la crítica. Lo que sí puede desequilibrarse es otra cosa relacionado con la distancia entre los valores que declaramos, las prácticas de nuestras instituciones, la proporción entre la confianza cercana y la confianza ampliada.

Hoy, en medio de la polarización política, la corrupción institucional y la intolerancia digital, los antivalores parecen ganar visibilidad. Sin embargo, los valores continúan siendo el horizonte que legitima la crítica y la búsqueda de cambio.

El investigador mexicano José Ramiro Culebro Argüello advertía, en 2017, que la familia, primera institución de socialización, es también el espacio donde pueden germinar los antivalores que luego se perpetúan en la sociedad.

En Colombia, la pedagoga Karent Céspedes Garzón, en 2012, describió cómo la indisciplina y el irrespeto entre jóvenes se han convertido en una epidemia social que afecta la convivencia escolar.

Y en Ecuador, Dayana Espinosa, en 2022, concluyó que la ausencia de valores en el entorno familiar desencadena intolerancia y deshonestidad académica y propuso la corresponsabilidad entre familia, escuela y sociedad para revertir el fenómeno.

Cultivar la confianza

Las evidencias a gran escala no contradicen estos hallazgos. Los datos sugieren que la confianza se cultiva en entornos cercanos y repetidos, como la mesa compartida, el aula o el barrio, y que se deteriora cuando esos espacios se debilitan o son reemplazados por interacciones más anónimas y algorítmicas.

La conclusión es que no hay una balanza que se haya inclinado de forma irreversible, pero tampoco una que se mantenga sola. Los valores persisten en la conducta cotidiana y en la demanda ciudadana de justicia, y los antivalores se concentran donde las instituciones fallan y la confianza se rompe.

La tensión es permanente. El futuro dependerá de si logramos que en nuestras familias, en las escuelas, en la interrelación social, se adopten compromisos, incluso políticas estatales sólidas, creíbles y realizables, encaminados a enderezar lo que hoy está torcido y así evitar que sigamos sin asombrarnos.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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