Educación integral, en el banquillo

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Hace poco me llamó la atención una reflexión de abuelo; sí de abuelo, pero no propiamente del que aprendió encerrado en las cuatro paredes de un salón escolar, sino el de las experiencias que da la vida misma.

Ese abuelo lo vi representado el expresidente de Uruguay José Alberto Mujica Cordano, mejor conocido como Pepe Mujica, ya hoy en el reino de los cielos, que en una ocasión habló de la importancia de la educación integral.

En resumen dijo, y por alguna razón es destacado en el portal Web del Maestro CMF:

​“No le pidamos al docente que arregle los agujeros que hay en el hogar

​En la casa se aprende: Saludar, dar las gracias, ser limpio, ser honesto, ser puntual, ser correcto, hablar bien, no decir groserías, respetar a los semejantes y a los no tan semejantes, ser solidario, comer con la boca cerrada, no robar, no mentir, cuidar la propiedad y la propiedad ajena, ser organizado.

​En la escuela se aprende: Matemáticas, lenguaje, ciencias, estudios sociales, inglés, geometría y se refuerzan los valores que los padres y madres han inculcado en sus hijos.

​Muy difícil es, hacer que el latón brille como oro”, concluye la reflexión de Mujica.

Entonces me hice el siguiente interrogante: ¿Por qué cuesta tanto ser educados de manera integral hoy en día, si se supone que en este siglo contamos con mejores herramientas que las de nuestros antepasados?.. les comparto respuestas.

Expertos en la materia aseguran que la dificultad de lograr una educación integral en pleno siglo XXI no radica en la falta de herramientas, sino en la fragmentación de enfoques, la presión de modelos mercantilistas y la insuficiente articulación entre instituciones, docentes y comunidades.

Cinco investigadores de renombre coinciden en que la verdadera transformación requiere superar la lógica utilitarista y apostar por metodologías críticas, sostenibles y participativas.

– La mexicana Fátima Rosario Hernández, de la Escuela Normal Oficial de Irapuato, señala que la educación integral exige coordinar dimensiones cognitivas, afectivas, éticas y espirituales. Su investigación advierte que la fragmentación curricular y la dependencia de la rentabilidad económica han trivializado el concepto, reduciendo la formación a resultados inmediatos y no a ciudadanos críticos y solidarios.

– La ecuatoriana Erika Iveth Barcia Cedeño, de la Universidad Técnica Luis Vargas Torres de Esmeraldas, en su revisión sistemática sobre sostenibilidad y educación integral, concluye que los modelos más efectivos combinan proyectos sostenibles con competencias socioemocionales y pone ejemplos concretos mediante programas escolares que integran reciclaje con liderazgo estudiantil, mostrando cómo la práctica ambiental fortalece la resiliencia social.

– La portuguesa Eliane Moreira Marques, de la Universidad de Minho en Portugal, propone metodologías basadas en proyectos, resolución de problemas y aprendizaje cooperativo.  Subraya que el rol del docente debe evolucionar hacia mentor y facilitador, capaz de guiar a los estudiantes en la construcción de autonomía y ciudadanía crítica.

– El ecuatoriano Santiago Limongi Basantes, de la Escuela de Educación Básica Remigio Crespo Toral, en su investigación sobre gestión educativa integral demuestra que el liderazgo institucional y la participación comunitaria son claves para mejorar la calidad educativa; sin embargo, advierte que la falta de recursos y la resistencia al cambio limitan la efectividad de estos modelos.

– La colombiana Viviana Olaya Nieto, funcionaria del Ministerio de Educación Nacional, en cooperación con IIPE-UNESCO, defiende que la formación integral debe partir de las preguntas y experiencias de los estudiantes. Su punto de vista lo ilustra con un ejemplo del proyecto de una niña en Nariño que diseñó un sistema de ahorro de agua mediante robótica lo que demuestra cómo la educación integral conecta saberes disciplinares con problemas reales de la comunidad.

No obstante, y a pesar de contar con tecnologías avanzadas, plataformas digitales y metodologías innovadoras, la educación integral sigue enfrentando obstáculos estructurales, según las investigaciones.

Se advierte que la presión por resultados estandarizados, la mercantilización del conocimiento y la falta de coherencia entre políticas públicas y necesidades locales generan un desfase entre discurso y práctica.

Los investigadores citados coinciden en que la integralidad no puede reducirse a un eslogan, por el contrario requiere de un compromiso político, institucional y comunitario.

La moraleja es que la educación integral no se logra acumulando herramientas tecnológicas, sino integrando valores, saberes y prácticas en un tejido social vivo.

Mientras las instituciones no superen la fragmentación y los docentes no sean reconocidos como líderes transformadores, seguiremos atrapados en un modelo que promete mucho y entrega poco.

La verdadera integralidad se alcanza cuando cada estudiante es visto como un sujeto completo, capaz de transformar su entorno y construir un futuro más justo y sostenible.

Álvaro Oviedo C

Periodista independiente, actual editor de sinrecato.com Profesional con más de 40 años de experiencia en medios de comunicaciones impresos y digitales, relaciones públicas, radio y tv. Desde el 2018, cocreador de sinrecato.com, plataforma digital de expresión para romper tabués sobre la sexualidad, la vida en pareja, la formación de buenos ciudadanos y mejores familias, llamando las cosas por su nombre. Creador de la red informativa regional, sinrecatonoticias.

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