Septiembre es el mes asociado al amor y la amistad. Esta vez me referiré al primero, quizás por su complejidad, porque puede entenderse como un sentimiento, una conducta, una tendencia, una virtud, un valor, una emoción, un principio ético… y una larga lista.
El amor ha dejado de ser exclusividad misteriosa de lo poético, lo romántico y hasta de lo baladí para convertirse en un asunto de inquietud científica, en una columna vertebral de la ética y en otros valores de las sociedades contemporáneas.
Las investigaciones dan cuenta que la ciencia, la filosofía y la tradición religiosa, por caminos distintos, llegan hoy a una misma conclusión y es que los vínculos humanos sostenidos en el tiempo, a través de las distintas manifestaciones de amor, determinan la salud, la longevidad y el sentido de la vida.
El caso más sólido en materia de investigaciones de las complejidades del amor proviene de una extenso estudio de la Universidad de Harvard, Estados Unidos, iniciado desde 1930 con 724 personas y que aún hoy continúa con las evaluaciones a sus nietos y bisnietos.
Un equipo de investigadores les ha seguido la vida a esas personas incluyendo sus generaciones solo para responder a la pregunta ¿qué hace que una existencia sea buena?, de acuerdo con los patrones que se inculcan al interior de las familias.
Robert Waldinger, psiquiatra y actual director del ‘Estudio sobre el Desarrollo Adulto’, hizo un resumen de los resultados logrados hasta el momento en una frase que se ha convertido en una especie de modelo de cohesión social armónica. “Las relaciones cercanas mantienen a las personas más felices y más saludables”, asegura.
En concreto, quienes están conectados con su familia, sus amigos y su comunidad viven más años, enferman menos y enfrentan mejor la vejez. Los expertos de Harvard también han detectado que “la soledad, en cambio, opera como un veneno lento, con efectos comparables a otros factores de riesgo médico ya establecidos”.
Antecedentes históricos
La filosofía evaluó, en un momento dado, el amor mucho antes de que la ciencia pudiera hacerlo, de allí que se conozca la siguiente clasificación:
- Ágape: Amor desinteresado, espiritual y universal, ligado a la compasión y al servicio.
- Eros: Amor pasional y romántico, centrado en la atracción física y emocional.
- Philia: Amor de amistad, basado en confianza, reciprocidad y apoyo mutuo.
- Storge: Amor familiar, natural y protector, entre padres e hijos o hermanos.
- Pragma: Amor práctico y duradero, que surge de la madurez y la convivencia prolongada.
- Ludus: Amor lúdico, juguetón y sin compromiso, asociado a la diversión y la seducción.
- Manía: Amor obsesivo, marcado por la dependencia emocional y la posesividad.
Grandes filósofos como Platón, por ejemplo, lo distinguía como el deseo que ata al cuerpo y que asciende hacia la belleza y la verdad; y Aristóteles, su discípulo crítico, prefería hablar de philia, que es el amor de amistad fundado en el bien compartido considerado más duradero que cualquier pasión pasajera y con vencimiento incierto.
Los griegos se negaron a resumir en una sola palabra un fenómeno tan complejo como es considerado el amor. Distinguieron el eros pasional, la philia de la amistad, el storge del cariño familiar y el ágape del amor incondicional.
El escritor británico Clive Staples Lewis retomó esa clasificación en 1960, en su obra ‘Los cuatro amores’, y la volvió accesible, mostrando que cada forma de amar responde a una necesidad humana distinta y no intercambiable.
El psicólogo estadounidense Robert Sternberg llevó esa intuición al laboratorio en 1986 con su ‘Teoría triangular del amor’. Según su modelo, todo vínculo afectivo combina tres ingredientes: intimidad, pasión y compromiso. Cuando los tres coexisten surge el llamado amor consumado, la forma más plena y también la más difícil de sostener con el paso de los años.
Los investigadores del tema aseguran que ningún pensador insistió tanto en el carácter activo del amor como el psicoanalista y filósofo social alemán-estadounidense Erich Fromm. En ‘El arte de amar’, publicado en 1956, sostuvo que amar no es algo que simplemente sucede, sino una capacidad que se entrena, como un instrumento musical exigente. Requiere cuidado, responsabilidad, respeto y conocimiento profundo del otro, no solo atracción o coincidencia.
Esa misma idea encuentra respaldo en la psicología evolutiva contemporánea. La investigadora francesa Righetti y el psicólogo estadounidense Richard B. Slatcher sostienen que amar no responde a simples expectativas de estatus, sino a necesidades biológicas de conexión. Para ambos, el vínculo afectivo funciona como una herramienta adaptativa indispensable para la supervivencia en entornos cambiantes.
La filósofa estadounidense Martha Nussbaum añade una dimensión cívica al debate. Para ella, la compasión es una emoción pública indispensable para nutrir la justicia social y sostener la estabilidad democrática. Sin un componente de empatía colectiva, precisa, las estructuras normativas corren el riesgo de volverse frías e incapaces de proteger la dignidad de las personas.
El filósofo surcoreano-alemán Byung-Chul Han introduce, en cambio, una advertencia crítica sobre el presente. En la actual tecnológica, argumenta que la experiencia amorosa queda reducida a rozamientos superficiales y fragmentados. “Esa mercantilización del vínculo provoca una pérdida progresiva de profundidad existencial, incluso cuando la cantidad de contactos digitales no deja de crecer”, señala.
La concepción bíblica
La tradición bíblica llevó esa exigencia a un extremo singular siglos antes. El Nuevo Testamento afirma que Dios es amor y convierte esa idea en fundamento de toda la ética cristiana. Jesús desplaza el mandamiento antiguo de amar al prójimo como a uno mismo y pide amar como él amó, hasta entregar la propia vida por los demás.
Las investigaciones aseguran que el apóstol Pablo tradujo esa exigencia en una descripción que aún se lee en bodas y funerales: “El amor es paciente, es bondadoso, no busca lo suyo, no se irrita, todo lo espera y todo lo soporta”, y no se trata de un elogio romántico, sino casi un manual de conducta verificable en la vida diaria de cualquier persona, creyente o no.
Lo notable es cuánto converge esa tradición milenaria con los hallazgos contemporáneos. Cuando Waldinger describe a los participantes más felices del estudio de la Uniharvad, no habla de intensidad pasional sino de constancia y presencia. Es, en otras palabras, el mismo compromiso que Sternberg mide en laboratorio y que Pablo predicaba hace dos mil años en otro lenguaje.
Indicadores de impacto, aplicados desde lo médico, refuerzan lo que la intuición y la fe sostuvieron durante siglos. Décadas de investigación asocian los vínculos afectivos sólidos con menor riesgo cardiovascular y mejor respuesta ante la enfermedad, mientras la soledad crónica se vincula a un deterioro que preocupa a los sistemas de salud pública. En síntesis, el amor, lejos de ser un lujo sentimental, funciona como determinante de bienestar colectivo.
La conclusión a la que puede llegarse es que filósofos griegos, psicólogos contemporáneos, científicos de Harvard y la tradición bíblica coinciden en un punto esencial. “El amor no es solamente lo que se siente por otro, sino lo que se decide hacer por otro, día tras día, incluso cuando ya no queda pasión que lo sostenga por sí sola”.
En el actual tiempo, marcado por la conexión digital constante y la soledad simultánea, esa coincidencia entre ciencia, filosofía y fe ofrece una brújula poco común. El amor entendido como vínculo cultivado con paciencia y compromiso sigue siendo, según la evidencia disponible, la variable que mejor predice una vida plena, saludable y verdaderamente humana.

